Cómo una caricia que no quiere ser sentida, la luz entraba débil por las opacas ventanas del gastado carruaje, podía apreciar la lluvia en el exterior intentando colarse por las rendijas de madera con algún que otro éxito.
Me recosté en los incómodos asientos de cuero marrón ya roídos por el uso apático que le habían proporcionado todos los pasajeros que antes que yo lo habían usado.
Allí sentada, adormilada y cansada por tantas horas de viaje, hice mi último recorrido por el orfanato de Loowod, mi hogar durante muchos años. La pesadilla volvió de nuevo a colarse dentro de mí haciendo que un escalofrío me recorriera entera, por última vez pude sentir el frío de las habitaciones y la oscuridad de los pasillos, maderas que crujen en la espesura de la noche y lágrimas de niñas que se secan en su rostro dejando en ellos un rastro de sal. Juro no volver jamás.

El señor Rochester es un hombre imponente, de adusta apariencia y hablar severo me hace temblar cada vez que se acerca. Esta mañana rozó levemente mis dedos al pasar junto a mí, en ese instante sentí como se paraba el tiempo, sus dedos cálidos quemaron mi piel mientras su oscura mirada en lugar de arañarme acarició todo mi cuerpo estremeciéndome. Mi corazón se aceleró y la torpeza de mis manos casi hace caer los libros que llevaba para la lección de aritmética de Adele.
Hoy la señora Fairfax dijo que el señor seguramente pronto se casaría con la señorita refinada que tanto viene a visitarlo, estábamos tomando el té en la cocina y la taza resbaló de mis manos hasta derramar la infusión en el mantel blanco bajo la aterradora mirada del ama de llaves, podría morir solo de saberlo en brazos de otra mujer.
Thornfield Hall es todo un misterio para mí, chirriar de puertas que se abren y se cierran en la noche. El resplandor de la luna sobre las plantas de espinos que rodean la casa da lugar a las sombras que se ciernen en la gris fachada. Pasos que vienen y van de un extremo a otro de la casa, haciendo más intenso el crujir eterno de los suelos de madera.
Cada madrugada, gritos y risas arañan mi puerta intentando empañar la felicidad que me llena, transformándola en miedo.
Rochester me prometió amor, sin embargo muchos años antes dio su palabra a otra mujer. Obligado a ella para siempre, mi permanencia allí estaba demás. Con el alma hecha pedazos me marché, merecía mucho más que una farsa, dejé atrás mis sentimientos sabiendo que el hombre que me amaba vivía una mentira de la cual yo no quería formar parte.
Las ruinas negras parecían montañas de carbón piedra, la grandiosidad de la mansión estaba resumida en cenizas góticas que el viento se encargaba de expandir, el aroma del fuego aún caminaba entre las plantas de espinos como un fantasma que se pierde.
En la distancia, una figura masculina encorvada y corroída por la enfermedad y la ceguera descansa a la sombra de un hermoso roble.
Mis pasos van hacia él.